Migraciones. Del otro lado del mar.

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Andalucía está comenzando a ser una sociedad en la que la población nacida en África va asentándose con cierta intensidad. Actualmente el peso de la población nacida en África en el conjunto de la población andaluza (el 2,5%) es muy similar al peso que tiene en España y, en el caso de Marruecos (1,98%) supera ligeramente los pesos que esos inmigrantes tienen en la población española. Un fenómeno relativamente nuevo para Andalucía, al menos en la intensidad con que se está produciendo, que ha sucedido en un breve período de tiempo, que previsiblemente se acentuará en las próximas décadas y que abre numerosas preguntas inéditas, que conviene que vayan siendo formuladas…y respondidas.

Puede ayudar a ello la reciente reflexión de un profesor norteamericano, periodista en África durante muchos años, Stephen Smith, La huida hacia Europa. La joven África en marcha hacia el viejo continente, publicada por Arpa hace un mes. Una lectura que propone una visión prospectiva del movimiento de África hacia Europa desde distintas perspectivas, en la certeza de que “se prepara un encuentro migratorio a gran escala entre África y Europa”.

→ Una perspectiva de “contabilidad” de los stocks demográficos: nuestros vecinos africanos hoy son 1.300 millones (el 40% con menos de quince años), los europeos unos 510. Serán unos 2.500 millones dentro de treinta y cinco años (dos tercios de los cuales tendrán menos de treinta años), los europeos unos 450 millones. Representarán el 40% de la población mundial (unos once mil millones de personas) en 2100.

→ Una perspectiva de los “flujos demográficos”: en los últimos diez años la migración africana hacia Europa comprende a unas 200.000 personas/año, con un peso creciente de población subsahariana.

→ Una perspectiva “macroeconómica”: la economía africana está muy lejos de proporcionar empleo a los jóvenes y las expectativas de reactivación nacidas al calor de las inversiones extranjeras, mayoritariamente chinas, están enfriándose.

→ Una perspectiva “sociológica”: los modelos “patriarcales”, “tribales” o “religiosos” han dejado de proporcionar vínculos y referencias a los jóvenes; la sociedad rural se está transformando a pasos acelerados en una sociedad urbana, en grandes ciudades (hoy más de cuarenta ciudades subsaharianas tienen más de un millón de habitantes, rebasando ya algunas, como Lagos, los veinte millones de habitantes), sin demasiadas expectativas de empleo. En ese contexto la mayoría de estos jóvenes no tienen nada que perder abandonando su tierra y, llegado el caso, su país, sin esperanza de hallar en él modos de vida y sin excesivas ataduras con sus medios familiares y sociales, quebrados.

→ Una perspectiva sobre las “instituciones políticas”: buena parte de los Estados africanos carecen de capacidad para proporcionar a sus “ciudadanos” un entorno en el que desarrollar sus vidas, un entorno para alentar esperanza alguna. Seguridad, salud, educación, convivencia, techo, trabajo, protección social…están fuera del alcance –y fuera de sus metas- de la mayoría de los gobiernos y las instituciones políticas de esas sociedades.

→ Una perspectiva también sobre las “instituciones religiosas”: un continente donde los evangelistas por un lado y los musulmanes por otro afianzan cada vez más su presencia, en sus versiones más radicales.

La suma de todas esas visiones muestra un continente, África, como un gran problema para el mundo, resultante de su acelerado crecimiento poblacional en un espacio social y económicamente “fallido”. Muestra también una Europa en declive demográfico, que ignora la relevancia y trascendencia de ese declive y de la eclosión del continente vecino.

La conexión de ambos espacios se realiza a través de unos procesos migratorios intensos y crecientes, cuyo sentido e impacto es impredecible, en gran medida dado que no están alentados exclusivamente por la “privación material”, sino por el “bajo horizonte de expectativas”. Unas conexiones soportadas en buena parte en el apoyo de unas diásporas, unas “comunidades diaspóricas” ya instaladas en Europa que, paradójicamente, si bien facilitan el aterrizaje de los recién llegados, son expresión de un “malestar persistente en un nuevo lugar…de una «dispersión sin final»”.

Todas esas circunstancias plantean insistentemente a Europa, la necesidad de formular una política migratoria, clara…y común, una política que proporcione una referencia y una pauta para las decisiones de sus Estados y para la orientación del comportamiento y actitudes de sus ciudadanos y de sus organizaciones no gubernamentales. Una política que ha de gestionar igualmente las expectativas migratorias de la población africana, que se mantendrán al menos durante las dos/tres próximas generaciones.

El autor señala al menos cinco escenarios de posibles políticas, y se reconoce como valedor de la última. El primer escenario tomaría como referencia la política de apertura y mestizaje de los Estados Unidos en el último siglo; el segundo escenario trataría de construir una “Europa fortaleza”, fundada en medidas de seguridad; el tercero se orientaría específicamente a contener y disolver las redes “mafiosas” de migración, en nada inocentes, más o menos vinculadas con las redes de delincuencia europea; el cuarto escenario, que denomina de “protectorado”, transfiere a los estados africanos el control migratorio, tanto mediante acuerdos intergubernamentales de seguridad, como mediante ayudas a su desarrollo; y finalmente un quinto escenario, construido como un mix de las medidas de todos los anteriores.

Una obra pues la de este autor de lectura aconsejable, en tanto que proporciona magnitudes, interpretaciones y sugerencias sobre un reto muy relevante para Europa y muy relevante también para la sociedad andaluza, que apenas ha reflexionado sobre estos procesos, tan inmediatos en el tiempo y en el espacio, y a los que sustancialmente ignora.

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